15 08 14
Somos un país desigual socialmente
hablando, tanto que podemos hablar de varios México, varios Veracruz y varios
Xalapa. En esa desigualdad está basada la falta de democracia, la exclusión,
las enfermedades y la violencia. Nuestra marginación, sobre todo en los
cinturones de miseria y ciudades perdidas de las zonas urbanas, es escandalosa
y de sobrevivencia. Nada absolutamente puede ser normal en esas condiciones.
Uno se puede preguntar como se ejercen las libertades y los derechos en medio
de la ignorancia y miserables condiciones materiales. La pobreza duele cuando
se tiene conciencia de ella, cuando se comprenden las
circunstancias en que viven las familias, especialmente los niños y
jóvenes, llenos de peligros y con sueños truncados de antemano.
La desigualdad social de nuestro país
es estructural y corresponde a un modelo económico, con monopolios y cuellos de
botella en la economía; no hace mucha diferencia el esfuerzo individual aunque
en algo puede ayudar a mejorar las condiciones de vida. Cada sector de la
economía tiene sus particularidades y sus propias franjas de pobreza:
agricultura, industria y servicios; en el primero el acento de explotación está
en las regiones indígenas; en los siguientes el énfasis pobre está en las
colonias populares y en los ejércitos de empleados pagados
paupérrimamente.
Es casi increíble que en las ciudades
las clases medias y altas no convivan y, a veces, no conozcan las zonas
marginales. Es muy común y grave que se habiten ciudades donde sus pobladores
no se tratan, donde no coinciden en espacios comunes y donde las diferencias
son exageradamente marcadas. Lo que no se ve no se siente igual si no es
que ni siquiera se siente; lo que no se ve no se conoce; así pasa
entre los mejores ubicados socialmente y los pobres: no se les ve, ni se
tratan, no se les conoce, no se les comprende y, por lo tanto, no se les
integra y respeta.
Xalapa es una muestra adecuada para
tratar de entender estos fenómenos sociales; es obvio que no estamos en una
ciudad tan dispar, aunque algo tiene de eso. Somos una urbanización con
acento parejo, por nuestra condición de ciudad burocrática y de servicios;
nuestra economía es de quincenas y de ventas nocturnas. Con excepciones notables,
empresarios de abolengo y políticos de carrera, tendemos a la medianía amplia y
un cinturón de miseria nutrido con migrantes del campo. De todos modos existe
la separación de ambientes y de intereses; no nos vemos, no nos
conocemos y mucho menos nos apoyamos.
Si digo que me lastima la
pobreza estoy hablando de un lugar común pero lo hago desde mi labor social y
política de siempre, ahora también en mi condición de representante popular; se
de que hablo. Me duele la condición de miles de familias, sus carencias, ver a
los niños desnutridos y a sus jóvenes que reproducen hábitos de sus padres. Me
desgarra la violencia que genera la pobreza, los sueños rotos de las casi niñas
que, prematuramente, se vuelven madres. Más me duele el trato que se les da
en los empleos, con salarios de hambre y explotación incluida; pero lo que no
tiene nombre ni perdón es la manipulación política, volverlos clientes y
utilizarlos como carne de cañón. Son doble víctimas: primero por ser pobres y,
después, para que se mantengan así y sigan necesitando una despensa para votar
por sus verdugos.
A la pobreza se puede uno aproximar
en una línea libertadora, en filantropía o en manipulación. Las dos primeras
son positivas, aunque es mejor la libertadora, que hace conciencia y los vuelve
sujetos de su vida; la despreciable y repugnante, que hay que denunciar siempre
y con dureza, es la que manipula y usa a los pobres para efectos electorales;
la de las fotos entregando despensas y todo tipo de dádivas, que casi siempre
son de recursos públicos. Los que lo hacen son inmorales y sinvergüenzas; así
hay que tratarlos.
Es muy pesada la loza que traen
en su espalda los pobres, son víctimas de un sistema injusto, de siglos de
explotación; no será fácil salir del abismo de desigualdad y exclusión en que
se encuentran. Pero se tiene que hacer la lucha, avanzar en detalles inmediatos
y abrir una ruta de más fondo a mediano plazo. En esa línea
comprometida deben practicar la auto organización, contar con el apoyo de
grupos y partidos propios. La pobreza merece líderes y políticos serios,
honestos y de convicciones. Lo contrario, la politiquería y la manipulación son
regresivas y circular. Lo ideal es que, como refería Marx de la clase obrera,
los pobres lo sean en sí y para sí.
Recadito:
un abrazo solidario al compañero Herviz, con la exigencia de justicia.
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