Cuando uno cree que la pesadilla ha sido tan espantosa que nada puede empeorarla, se las ingenian Duarte, Bermudez y Luis Ángel Bravo para que así sea.
No puedo dejar de pensar en mi traslado y en mi llegada al penal de Tuxpan. No he pegado el ojo repitiendo la película de terror que he vivido durante las últimas horas, es decir, lo peor de lo peor.
Veo en mi mente la camioneta de rejillas internas en la que iba doblada, como se perdía entre la obscuridad, sin que ningún custodio tuviera la “cortesía” de informarme a donde demonios me llevaban. Hasta que al final un joven que iba detrás de mi llorando, me dijo creo que al reclusorio de Tuxpan, los de seguridad pública al mando del traslado merece una medalla por parte de Javier Duarte y Bermúdez, fueron particularmente crueles, en caminos de un solo carril manejaban a mas de 140km/h, el aire acondicionado a todo lo que da y a cada pregunta se reían entre ellos ¿me van a matar? Dije, nadie contestaba, necesito ir al baño volví a decir, orinate ahí donde estás fue la respuesta, así transcurrieron horas, llegamos al penal de Tuxpan, nos bajaron con los mismos modos de cuando nos subieron. Al llegar un grupo de policías nos esperaba en la entrada, una doctora, que bautizaron en vinagre, me ordenó que me desvistiera para revisarme en una oficina enorme y delante de 20 custodios, desde luego me negué entonces dijo que veía mala conducta de mi parte y no me volvió a atender aún cuando le dije que me sentía mal, taquicardia, presión baja, dolor estomacal, etc, etc, etc…
Minutos después apareció un sujeto pequeñito moreno, mal encarado, supongo el jurídico del reclusorio, me preguntó mis datos, le informe lo mismo, que estaba amparada contra el traslado y que no había firmado ninguna salida, me ignoró y se cambio de escritorio para tomarle los datos a otra persona mucho después, me llevaron entre cuatro custodios a una galera enorme con diez separos vacíos, inmundos, celdas de dos metros de largo por uno de ancho, asquerosas oliendo a todas las inmundicias del mundo juntas.
Por primera vez les di el gusto de verme llorar. Me senté en el piso y les grite que no me iba a meter ahí sola, los detenidos que había ahí los sacaron horas antes, me enteré …por segunda ocasión pensé que iba a matarme ya que ningún otro interno trasladado esa noche fue conducido a esas mazmorras.
Trajeron otra chica que habían trasladado y nos dejaron ahí a las dos horrorizadas en medio de la obscuridad y los olores fétidos que de ahí emanaban.
A las 6 de la mañana me hicieron el favor de traerme unas medicinas para el dolor. Pedí que nos sacaran de ahí, solo se llevaron a la chica que estaba conmigo a una celda a lado y nos informaron que por “humanidad” nos dieron jabón y cloro para lavar la celda y letrina a punto de caerse de oxido.
Después de lavarla, nos dieron permiso de bañarnos en un baño diminuto de una oficina, me consiguieron ropa, yo seguía en pijama y nos regresaron a la celda asquerosa pero con olor a “recién lavada”.
Pregunté hasta cuando estaría ahí, me dijeron tres días de observación. Respingué… “porque no me observan en una celda para humanos”… “cálmate o te quedas ahí más tiempo… no cedí”. “Quiero hablar con mi abogado, no saben dónde estoy” dije “me respondieron que ya se enterarían y aquí no se puede llamar”.
Al poco rato un comandante me dijo que me esperaban dos personas entre ellas un abogado, enviado por mi abogado Jorge Winclker, el cual me trajo agua, medicinas y un libro.
Aproximadamente a as nueve de la noche mientras seguía en la mazmorra, nos informaron que nos pasarían al área de mujeres.
Sentí que Dios me había escuchado, así fue…
Les habían entregado unas horas antes, una notificación de amparo contra actos de torturas e incomunicación promovido por mi abogado San Jorge Winckler… dije bajito Gracias Dios, gracias Jorge.

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