miércoles, 3 de septiembre de 2014

#México Debaten Jesús Silva-Herzog Márquez y Leo Zuckermann sobre el Fondo de Cultura Económica

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Interesante debate editorial se ha generado a partir del programa “Conversaciones a fondo”  y la entrevista con Enrique Peña Nieto, organizado por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

A continuación, les compartimos los textos de ambos articulistas:


No te metas con mi subsidio, liberal bárbaro*
Leo Zuckermann


Jesús Silva-Herzog Márquez es uno de los editorialistas con la pluma más afilada del país. Por eso, siempre lo he admirado. En algunas ocasiones, para hacer su punto, recurre a la caricaturización. A Carlos Fuentes lo pintó como un intelectual florero que estaba para agradar a los gobernantes en turno. A Marta Sahagún como una exhibicionista dispuesta a enseñarnos cómo hacía pipí. A Peña Nieto como un frasco sin etiqueta y contenido propio. Ahora me tocó a mí: soy un liberal bárbaro que le canto loas al Dios Mercado. Todo porque me atreví a escribir un artículo sobre el Fondo de Cultura Económica (FCE) cuestionando si el Estado debía subsidiar libros en un país como México. Vaya atrevimiento.

Podría responderle a Jesús en sus mismos términos, es decir, haciendo una caricatura del intelectual que, por un lado, se dice liberal pero, por el otro, le prende incienso al Dios Estado para evitar que le quiten subsidios que le benefician. Comparándolo, por ejemplo, con los maestros de la Sección 22 de Oaxaca que utilizan su poder para que el Estado les mantenga sus prebendas. No lo voy a hacer porque no me salen bien, como a él, las caricaturas.

Además, correría el riesgo de acusarlo de lo que él me acusa: de una ingenuidad conmovedora. Resulta que para el editorialista, “el Fondo corre el peligro de convertirse en Notimex”. Vaya descubrimiento. Como politólogo que es, Jesús debería saber que las llamadas “instituciones del Estado” suelen ser dirigidas por personas cercanas a los políticos que están a cargo del Estado, en este caso al presidente Peña.

¿Por qué no podemos tener a un editor como Jaume Vallcorba, fundador de Acantilado, dirigiendo el FCE? ¿Por qué tiene que ser un exvocero presidencial? ¿Por qué nuestro jefe de Estado nombra a amigos o aliados en esas posiciones? Pues porque así de retorcida es la política. ¿O no? Claro, siempre queda el recurso del argumento deontológico que tanto nos gusta a los que escribimos en los medios: que “así no debe ser” demandando que los políticos se comporten como angelitos.

Caricaturas e ironías aparte, entremos al tema de fondo. ¿Debe existir el FCE en las circunstancias actuales?

Voy a dejar en claro de una vez por todas mi argumento: yo no tendría problema que existiera el FCE siempre y cuando dejara de recibir subsidios del Estado. No me parece correcto que se utilice dinero público para beneficiar a las clases medias y ricas del país que son las que, por desgracia, más leen en México, según las encuestas de lectura. En el caso del FCE son 238 millones de pesos al año. A eso habría que sumar los subsidios de todas las publicaciones que hace el Estado a través del Conaculta, las universidades públicas y los centros del investigación. ¿Se justifican? No lo creo. Y no por eso le ando prendiendo incienso al mercado.

Silva-Herzog no acaba de creer que las nuevas tecnologías han abierto espacios que antes estaban cerrados para los autores. No da razones de por qué. Antes, las decisiones de qué se publicaba las tomaban los editores. Hoy, gracias al internet, un autor puede autopublicarse. Por eso no entiendo por qué dice que en la actualidad nadie publicaría a Kafka cuando Kafka podría publicarse, hoy, a él mismo. Eso es un hecho indubitable.

Aunque sospecho que habría editoriales de las llamadas “de nicho” que estarían interesadas en publicar al escritor checo. En México se me ocurre Sexto Piso o Almadía (como presume esta última: ellos ofrecen “puro garbanzo de a libro”). Hasta las ilustrarían y presentarían en los finos papeles que tanto le gustan a Jesús. Así que, no sólo porque André Schiffrin diga lo de Kafka, tendría que ser cierto. Ayer decía, en mi respuesta a Mauricio Tenorio, que sólo hay que recorrer la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para darse cuenta que, si una cosa no falta en el mundo hispano, son editoriales.

Dice Silva-Herzog que las privadas premian la ganancia inmediata y eso lleva a la censura: “Si el libro no se agota en un año, no hay razón para publicarlo”. Efectivamente: esa es la lógica. ¿Pero es censura? Las editoriales están en el negocio de adquirir riesgos. J.K. Rowling sufrió mucho para que le aceptaran su primer manuscrito de Harry Potter. Doce editoriales se lo rechazaron. Hasta que un pequeño editor lo aceptó y se hizo multimillonario. El mercado funcionó.

Y seguirá funcionando porque hoy los autores pueden conseguir una editorial de nicho, cada vez más frecuentes, o autopublicarse en las distintas plataformas que existen en internet. Esa es la realidad. Lo otro es un sueño distópico. Si la pesadilla de Silva-Herzog fuera cierta, a lo mejor tendríamos que crear el Ministerio para la Publicación de Libros que el Mercado Tiránico Censura. Algo así como una novela kafkiana. ¿La publicaría dicho Ministerio? Siempre y cuando pasara los filtros de su burocracia. En una de esas hasta, por incómoda, la censurarían. Porque una cosa sabemos: a lo largo de la historia, los Estados han censurado mucho más que el mercado. ¿O no, Jesús?

*Publicado en Excélsior este 3 de septiembre


Respuesta de Leo Zuckermann (y la mía)*
Jesús Silva-Herzog Márquez


El día de hoy Leo Zuckermann contesta mi crítica reciente. Me llama caricaturista, lo cual agradezco sinceramente. Insinúa, por su parte, una viñeta pero desafortunadamente hace el gesto de borrarla.

"Yo no tendría problema que existiera el FCE siempre y cuando dejara de recibir subsidios del Estado. No me parece correcto que se utilice dinero público para beneficiar a las clases medias y ricas del país que son las que, por desgracia, más leen en México, según las encuestas de lectura. En el caso del FCE son 238 millones de pesos al año. A eso habría que sumar los subsidios de todas las publicaciones que hace el Estado a través del Conaculta, las universidades públicas y los centros del investigación. ¿Se justifican? No lo creo. Y no por eso le ando prendiendo incienso al mercado.

Silva-Herzog no acaba de creer que las nuevas tecnologías han abierto espacios que antes estaban cerrados para los autores. No da razones de por qué. Antes, las decisiones de qué se publicaba las tomaban los editores. Hoy, gracias al internet, un autor puede autopublicarse. Por eso no entiendo por qué dice que en la actualidad nadie publicaría a  Kafka cuando Kafka podría publicarse, hoy, a él mismo. Eso es un hecho indubitable."

Creo que el argumento de Leo es claro y es, por supuesto, coherente. Me sigue pareciendo ideológico y candoroso. Parte de la confianza de que no puede haber sensata inversión pública en cultura, sino dispendio en beneficio de los privilegiados. Subsidio dice y repite Zuckermann para enfatizar su carácter pecaminoso. No cuestiona la política editorial del Fondo de Cultura Económica (y de otras instituciones públicas)–lo cual, desde luego es indispensable–sino su existencia misma. Siendo una empresa pública tiene un pecado de origen. Así es la política y así será, nos dice para no hacernos ilusiones: si es una institución gubernamental será irremediablemente servil. Discrepo. El Fondo tiene una tradición de dignidad que muestra lo contrario. No es una tradición impoluta, pero es respetable.

Curiosa lista de éxitos del mercado, la que difunde Zuckermann para sostener su convicción: el espectáculo de la Feria de Guadalajara, el fenómeno de Harry Potter y la autopublicación de amazon. En ese feliz mundo digital de bestsellers y circos multitudinarios, supongo, ya no serán necesarias las editoriales, ni los críticos. En realidad, mi desacuerdo con Leo no es solamente sobre el sitio del Estado en el mundo editorial sino sobre la naturaleza de la conversación cultural. El editor, como primer crítico, importa. La historia del FCE es demostración precisamente de ese lugar culturalmente relevante que corresponde a las grandes editoras. Por eso creo que en el ecosistema editorial mexicano, la presencia de una editorial pública fuerte es importantísima–si es fiel a su misión.

El argumento de Leo Zuckermann, desde luego, trasciende el mundo de los libros. Su dogmática lectura del liberalismo lo conduce a una penosa demagogia populista: como los pobres no leen, que el Estado no desperdicie ni un centavo en libros. Habría que ir un pasito más adelante: si no van a leer, ¿para qué malgastar el dinero de nuestros impuestos enseñándoles el alfabeto? Siguiendo la lógica estricta de Leo Zuckermann, valdría preguntar: ¿se justifica la existencia de Bellas Artes si la mayoría de los mexicanos no conoce el Museo de Arte Moderno? ¿Debe recibir subsidio la Sinfónica Nacional si los pobres no van a sus conciertos? ¿Deben usarse nuestros impuestos para subsidiar la exposición de José María Velasco que se acaba de inaugurar?  Yo creo que sí. Será porque quiero defender, como los integrantes de la Sección 22 de la CNTE, mis “prebendas”.

*Publicado este 3 de septiembre en el blog de Jesús Silva-Herzog Márquez  www.andaryver.mx

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