Francisco Montfort Guillén
19 08 15
Somos muchos los que lamentamos la calidad institucional de los partidos políticos que tenemos. El último informe sobre la calidad de la ciudadanía en México, coloca en el último lugar de confiabilidad a los partidos políticos. El problema no es nuevo. La novedad consiste en que durante el último proceso electoral fueron millones de ciudadanos los que castigaron con su comportamiento electoral a los partidos dominantes.
Este paso a la acción, para dejar atrás las simples opiniones, se manifestó con la ausencia de votantes, con la anulación de votos o votos en blanco, con el respaldo a otros partidos. Y si bien los resultados fueron conforme a la lógica de las participaciones de votantes durante los últimos comicios, los triunfos del PRI, del PAN y del PRD se basaron en un menor número de votos. La paradoja, también una novedad, consistió en que a pesar de estas condiciones de descrédito y de baja participación ciudadana, el partido en el poder federal obtiene un respaldo en la legislatura intermedia, que después de 1992, no habían tenido los presidentes en turno.
Las acciones emprendidas por estos tres partidos, a partir de estos resultados obtenidos en julio pasado, parece que los ha movido a reflexionar y a tomar decisiones en consecuencia. No sólo por la renovación de dirigentes, que obedece a razones distintas en cada partido, sino por el tipo de discurso y las nuevas acciones que prometen emprender para recobrar el respaldo masivo de los electores.
En el PRI el relevo es obligado por la cultura del partido que lleva a premiar al presidente del mismo con un puesto después de una elección, más si esta es triunfadora. La salida de César Camacho de la presidencia priista para llegar a dirigir la bancada de diputados del PRI, y seguramente la presidencia del legislativo, obliga a su reemplazo como dirigente del tricolor. El dilema para el presidente consistió en designar a una persona de sus enteras confianzas, o a una persona con trayectoria partidista y larga experiencia que le ayudara con la dirigencia nacional, de acuerdo con la situación que vive el partido, el gobierno y el país.
Con un discurso que alentó la idea de renovación de los cuadros dirigentes de su partido, sembró la idea de la llegada a la presidencia partidista de Aurelio Nuño. Tal vez lo hizo como distractor para esconder a Manlio Fabio Beltrones o, en todo caso, para sondear la posibilidad de introducir en el partido el espíritu renovador y conocer las reacciones de tal decisión. Todo quedó en amago. O no encontró eco para renovar las caras, ideas y perfiles o simplemente jugó con la ortodoxia de su propia cultura que lo ha expuesto, para muchos analistas, como un joven con ideas y conductas de viejo.
La decisión final cumple a cabalidad con la ortodoxia priista. Son mayoría los priistas que tienen verdadera alergia a las reformas y a la vida democrática al interior de ese partido. El arribo de Beltrones se hace como candidato único, o como pareja única, de acuerdo con los estatutos partidistas que exigen una dupla para los puestos de presidente y secretario, y la cuota de género, que en este caso permite colocar a una mujer con experiencia política y afín al presidente de la república tanto por el paisanaje como por los lazos familiares. Todo queda en familia…priista.
El dato más relevante es que con la designación presidencial de Don Beltrone, según lo motejan sus malquerientes, la ortodoxia se afianza. La reacción, el conservadurismo, el statu quo dentro del tricolor fue expresado por el mismo Manlio Fabio: se terminó la sana distancia entre el presidente y su partido, pues ésta sana distancia fue el factor central de la pérdida de la presidencia de la república. Más claro ni el agua: en el PRI vuelven los candidatos de unidad, designados según la fórmula del Adolfo Ruiz Cortinez. Esto es, el candidato a sucesor presidencial, los candidatos a gobernador, los candidatos a diputados federales y algunos locales, más ciertos presidentes municipales, son potestad del Señor Presidente. Y los perdedores tendrán alguna compensación para articular la unidad del partido. Y esta tarea será la que realizará M. F. Beltrones. Nada de experimentos democráticos, elecciones internas, consultas a las bases. Toda decisión importante viene del vértice superior y todos deben acatar la orden. Para eso el nuevo presidente del PRI declaró que las decisiones importantes las llevará a consulta con el Señor Presidente.
Con esta ortodoxia el PRI piensa enfrentar los desafíos de las próximas elecciones, refrendando frente a la sociedad, el hermetismo de sus decisiones internas, la disciplina partidaria, la sumisión de voluntades y deseos, el privilegio de la unidad partidista por sobre todas las cosas. El PRI retoma el camino de la fidelidad absoluta al PRI de los viejos tiempos, al de las glorias infinitas de cuando era el partido único. Confía en su voto duro, en sus sistemas de control electoral de intimidación, coacción y compra de indisciplinados, que continúa las mismas acciones para con los votantes, dejando un pequeño espacio para la seducción de nuevos votantes. El poder condigno, es decir, el que se ejerce con intimidaciones y castigos, así como el poder compensatorio con base en recompensas monetarias, de contratos, de puestos, de candidaturas son privilegiados sobre el poder democrático de la seducción.
El PAN cambió dirigencia nacional de acuerdo con sus estatutos. Llegó a la presidencia un joven con cualidades seductoras y representa en sí una <<cara nueva>> en las dirigencias tradicionales panistas. Ofreció cambios dentro del partido, sobre todo en aquellos aspectos que minaron su imagen y provocaron un fuerte desprestigio después de dos sexenios de ejercer la presidencia de la república. Sus desafíos son enormes no sólo en cuanto a cambiar la imagen deteriorada de su partido. También tiene que ayudar a recomponer el ejercicio del poder panista en gobiernos estatales, municipales y en los congresos.
La oferta suena más moderna que la del PRI. Pero este partido tiene más experiencia en operación electoral. Y el PAN debe hacer frente a esa maquinaria militarmente formada con instinto de victoria. De ahí que con tino el joven dirigente, Ricardo Anaya, esté volteando a ver las repercusiones de sus discursos y acciones entre el electorado, que se ha sentido traicionado por un partido que se había auto construido como referente de la lucha contra el oficialismo representado por los excesos del sistema priista de partido único. Reconquistar electores con nuevas conductas internas y nuevas personalidades jóvenes, acordes con las aspiraciones de las clases medias, parece ser el propósito central del panismo del joven Anaya. Una propuesta de cambio, de modernidad, de sintonía con el México que surge gracias a la continuidad modernizadora de los gobiernos federales, hoy refrendada con las reformas de Enrique Peña Nieto, reformas de orientación panista que los mismos gobiernos del PAN no pudieron hacer realidad.
El PRD se ha propuesto una renovación a partir de los resultados electorales de la contienda federal de medio sexenio y de las elecciones locales concurrentes. Los resultados fueron acordes a la situación que vive la que fue la mayor agrupación autodenominada de izquierda. La saturación y el desgaste del ejercicio del poder en el Distrito Federal le cobraron sus facturas, principalmente frente al nuevo partido de <<izquierda>> llamado MORENA. En el resto del país emparejaron cartones, aunque el saldo final sea un tanto desfavorable.
La acción de Carlos Navarrete de renunciar a la presidencia del partido es una bocanada de aire fresco para el PRD. Renovar las dirigencias en situaciones de crisis siempre conlleva el riesgo de las precipitaciones y de la irracionalidad de las pasiones. Tal vez la elección de un dirigente joven, con nueva imagen y nuevas ideas sea la mejor medicina para este singular partido. Desde luego no bastará con la renovación de sus dirigentes para recobrar el ánimo de lucha y de victoria. Al interior tiene que promoverse un cambio cultural, unas prácticas diferentes, conductas, comportamientos para designar candidatos, para enfrentar elecciones, para ofrecer una visión del mundo diferente, marcadamente distinta de sus contrincantes.
Tal vez sea el PRD el partido con más necesidad de renovarse frente a sus electores. Sus alianzas deben ser con la sociedad civil organizada que tiene orientaciones marcadas por la igualdad, la justicia, con formas de gobierno más humanistas. Pero el camino trillado de aliarse <<con las izquierdas>> en especial con Andrés Manuel López Obrador, parece una decisión destinada a ser un fracaso electoral y político. El PRD tiene ante sí la última oportunidad de constituirse como un partido moderno, promotor de la socialdemocracia. Si no deja atrás las ideas del nacionalismo revolucionario, que el mismo PRI ha sepultado, por lo menos en sus discursos, perderá el nuevo horizonte de su deseado destino. México tiene dos partidos de derecha: el tradicional y reaccionario PRI y el moderno socio cristiano del PAN.
El PRD puede constituirse en la novedad más fresca del país. Tiene en sus manos la posibilidad de su auto transformación socialdemócrata. Esta es la oferta que necesita un país como México que con sus últimas reformas parece poner fin al proyecto socialistoide de Lázaro Cárdenas, que ya no tiene cabida ni en Cuba, país que más temprano que tarde llegará al capitalismo sobre una base socialdemócrata y se convertirá en la gran potencia del Caribe, y competirá con México en muchas ramas de la economía. Un PRD de izquierda moderna lo requiere, lo exige la sociedad mexicana que no ha encontrado la forma de limitar la exclusión social y la desigualdad socioeconómica, procesos que producen niveles de pobreza insoportables e inaguantables.
Tenemos tres partidos dominantes que pueden desaparecer en su forma actual, debido a los nuevos cambios, globales y nacionales en que se ve inmerso el país. Tres tristes partidos que ya anuncian su futuro y que si no cambian pueden, al menos, disminuir su importancia electoral y política. Tres tristes partidos que no levantan pasiones, ni ánimos de cambio, de logro, de victoria que tanto necesita el país. Porque conformarse con las grillas que hacen de Don Beltrone el supuesto salvador de Enrique Peña Nieto, que alegra a los priistas hasta casi el delirio, es aceptar que todos estamos hundidos. No sólo los partidos políticos.
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